Maleda
La escritora Mireia Soler (Girona, 1981) ha cedido a LITERAMED un fragmento de su novela MALEDA que reproducimos a continuación con la seguridad de que os va a gustar y os va a permitir descubrir a esta autora. Mireia Soler debuta con esta novela por la que ya ha obtenido el prestigioso premio Letras de oro.
Desde Literamed queremos felicitarla y desear que siga cosechando éxitos. Asimismo, le damos las gracias por su generosidad al compartir con nosotros un fragmento de su obra.
"Era un día como otro
cualquiera, un día más de esa vida gris que arrastraba desde que murió Jaime, o
quizás desde siempre. El pueblo era todo mi mundo y aunque alguna vez fantaseé
con estudiar en la capital o con viajar, esos sueños se habían desvanecido como
pompas de jabón, como un castillo de naipes que se desmorona con un leve
soplido.
Cuando paseaba por el pueblo
o entraba en alguna tienda notaba que me miraban con pena y cuando creían que
no les escuchaba me llamaban “la viudita”. Ya me había acostumbrado a sus
miradas compasivas y a sus cuchicheos.
Esa tarde fui a la mercería
como todos los días. Habíamos recibido bastante mercancía y mi madre y yo
estábamos colocando las cajas de botones cuando entró mi tía Carmen, tan alegre
como siempre, y animó a su hermana a que saliera de paseo. Mi madre se mostró reacia
al principio.
-Carmen ¿no te das cuenta
del trabajo que tenemos? Me es imposible salir de paseo, no voy a dejar a María
sola con todas estas cajas.
-Hoy hace un día espléndido,
ya huele a primavera y el sol calentará nuestros huesos. Dicen que es muy bueno
para la artrosis -replicó mi tía con su voz cantarina.
Entre mi tía y yo le
vendimos las excelencias de un buen paseo y la convencimos de que saliera a
caminar un rato. Desde la puerta las vi alejarse por la alameda cogidas del
brazo, y me pareció escuchar su conversación. Seguro que hablarían de mí, de mi
melancolía, de mi soledad, de la mala suerte que había tenido, o de que debían buscarme un novio, y empezarían a barajar posibles candidatos. Siempre
estaban igual. Sonreí al imaginarlas.
Entré de nuevo en la tienda
y retomé la tarea de colocar las cajas de botones, agujas y presillas. A veces
me gustaba estar sola, sin mi madre, sin clientes, sin conversaciones huecas.
Me agradaba el silencio. Me entregué a mi mundo, a mis recuerdos, dejé volar la
imaginación, mientras las estanterías se iban llenando de cajas perfectamente
ordenadas de corchetes, tiras de velcro y carretes de hilo de todos los
colores.
Estaba de espaldas a la
puerta cuando escuché el tintineo de las campanillas que anunciaban que alguien
había entrado. Me di la vuelta para atender al posible cliente y entonces le
vi. Me quedé paralizada en el sitio unos instantes, sin poder moverme ni
gritar. Las paredes de la tienda cobraron vida, comenzaron a moverse de un lado
a otro. Empecé a ver borroso.
Cuando abrí los ojos estaba
en el suelo y el hombre que había entrado en la tienda intentaba reanimarme.
-¿Eres un fantasma? -le
pregunté con voz temblorosa.
Él sonrió y negó con la
cabeza, al tiempo que me ayudaba a incorporarme.
-Me llamo Jorge, soy el
hermano gemelo de Jaime, tu difunto marido -me respondió él con una voz que
parecía venir del pasado o de ultratumba.
Yo no salía de mi asombro,
mi esposo jamás me había hablado de un hermano gemelo, pero allí estaba,
idéntico al hombre que tanto había amado y al que aun quería.
La situación me resultaba
muy extraña y Jorge no me ofrecía mucha confianza. ¿Por qué había aparecido en
mi tienda? ¿Por qué tantos años de silencio? ¿Qué buscaba ahora?
Cuando pensé que iba a contarme qué le había ocurrido y el porqué de su ausencia percibí una mueca de dolor y vi que su brazo derecho sangraba. Por debajo de la chaqueta llevaba un vendaje chapucero que no había sido capaz de contener la hemorragia. Volvió la desconfianza y el temor. ¿Cómo se habría hecho esa herida?
Le miré a los ojos. Eran
idénticos a los de Jaime. Me invadió la nostalgia. Habíamos sido tan felices. Al sumergirme en los ojos de mi
cuñado, de ese hermano gemelo surgido de la nada, creí bucear en los de mi esposo, me hundí en su mirada, me dejé
arrastrar por un momento por la nostalgia, y sentí una oleada de calor que me
recorrió el cuerpo. Duró solo unos segundos. Volví en mí. Regresé a la
realidad. Aquel hombre era idéntico a mi marido, pero no era él, era un
perfecto desconocido.
El brazo de Jorge cada vez
sangraba más. Miró su brazo y luego me miró a mí con una mezcla de dolor y súplica,
pidiéndome ayuda sin palabras. De nuevo volvieron a mí las preguntas y las
dudas, el miedo y los recuerdos de otro hombre.
Temía ayudarle, pero también
temía dejar que se marchara en ese estado, con las heridas abiertas, la del brazo
y la que arrastraba desde hacía tantos años".
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